¿Saboreas los placeres?

 

El placer es uno de los ingredientes de la felicidad –y una manera de aumentar nuestra sensación general de felicidad y dicha en nuestra vida es introducir en ésta tantos acontecimientos placenteros como podamos–.

 

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El placer tiene un claro componente sensorial, procede de los sentidos –el gusto, el tacto, el olfato, la vista y el oído–. Gracias a ellos podemos experimentar distintos tipos de placer que van desde el más básico como un baño caliente o una caricia, hasta el placer de saborear los diferentes matices de una comida o un vino, una pieza musical o una obra de arte. Estos últimos tienen una mayor complejidad, requieren de más recursos cognitivos y son mucho más numerosos y variados que los placeres corporales básicos.

El placer es uno de los medios que tenemos de disfrutar, y el mundo actual nos proporciona innumerables posibilidades para ello. No hay más que fijarse en la diversidad de comidas a nuestra disposición, de música, de arte, de aromas, de experiencias sensoriales. Sólo hay una condición: tener el deseo de disfrutar y prestar atención. En cuanto a lo primero, las personas más hedonistas no tienen ningún problema; sin embargo, las que por naturaleza lo son menos se pueden ver tan absorbidas por sus tareas diarias que se olvidan de disfrutar de los placeres de la vida. En cuanto a lo segundo, te cuento un cuento zen que me gusta mucho.

“Después de tres años de estudio, el novicio llega a la morada de su maestro. Entra en la sala rebosante de ideas sobre temas complejos de la metafísica budista y bien preparado para las preguntas profundas que le esperan en este examen para convertirse en monje.

Sólo te haré una pregunta –declara el maestro.

Estoy preparado, maestro –le responde el novicio.

En el umbral de la puerta por la que has entrado, ¿las flores estaban a la derecha o a la izquierda?

El novicio no sabe qué contestar y, avergonzado, se retira, para seguir estudiando tres años más”.

Este novicio había aprendido todos los complejos conceptos de la filosofía y la metafísica budista pero no había interiorizado el principio básico sobre el que se asienta: la práctica de la atención.

La atención es lo que nos permite experimentar la vida y saborearla. Sin embargo, como el monje novicio, muchos de nosotros estamos tan absorbidos por los conceptos de nuestra mente y nuestros pensamientos que perdemos contacto con la vida, con lo que no sólo perdemos vida, sino también oportunidades de disfrute y deleite. Ten en cuenta que los placeres se vuelven más intensos cuando los saboreamos. El saboreo no es más que la conciencia de la experiencia del placer que produce una atención consciente y deliberada.

 

Que tengas un gran día.

 

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